LA NUTRICIÓN DEL ANCIANO ¿ES UN TEMA SERIO?
Planteada en esto términos es indudable que la mayor parte de los profesionales de la salud darían un sí como respuesta a esta pregunta. Sin a la luz de lo que es la experiencia de todos los días, cabe admitir que los problemas relacionados con la nutrición no han calado hondo en los programas de educación sanitaria referidos al anciano. Ciertamente no da la impresión de que sean las cuestiones relativas a la alimentación u al estado nutritivo del anciano aquellas a las que nuestros profesionales dedican una atención preferencial.
Sin embargo a poco que pensemos en ello vamos allegar ala conclusión de que se trata de un problema fundamental que entra de lleno el la patología geriátrica. En primer lugar, se produce el dato objetivo de que existen muchos factores que pueden condicionar una alimentación inadecuada y, consecuentemente, un mal estado nutritivo en la población de edad avanzada; ante todo, los cambios que tienen lugar en el tubo gastroitestinal ligados al proceso de envejecer, empezando por los de la propia boca. Se esta hablando tanto de los cambios fisiológicos como de los derivados de las enfermedades acumuladas a lo largo de la vida. Pensemos en la penosa situación de las bocas de muchos de nuestros ancianos, con perdidas masivas de piezas dentarias, encías en mal estado, protesis inadecuadas o problemas en la secreción de saliva. Lo mismo cabe decir de las modificaciones que ocurren en el estómago u en el intestino con limitaciones en la función motora y secretora, cuando no con historias muy antiguas de gastrectomía u otras formas de cirugía mutilante. Añadamos las tasas muy altas de prevalencia en procesos como la hernia de hiato, la diverticulosis o la patología biliar. Todo ello va a incidir negativamente en la posibilidades de una nutrición adecuada.
Pero es que a estos cambios físicos se va a añadir la repercusión condicionada por otros igualmente importantes, que afectan a la esfera psicológica y a la social. Entre los primeros cabe citar la pérdida de interés por la comida u la modificación en los hábitos y gustos, cuando no otros problemas sobreañadidos, comunes en el anciano, como la presencia de deterioro cognitivo o de depresión.
Entre los segundos, situaciones también habituales en estas edades como son el aislamiento, la incapacidad para manejarse por sí mismo o los problemas económicos. Van a marcar igualmente su impronta.
La resultante es que cuando se lleve a efecto estudios buscando conocer cuál es el estado nutritivo de nuestros mayores, los resultados son con frecuencia desalentadores, en nuestra sociedad la obesidad no suele ser problema de alta prevalencia, al contrario de lo que ocurre en los Estados Unidos. sin embargo, son muy frecuentes, aquí como allí, las situaciones se déficit nutricional, bien globales, bien referidas a tal o cual nutriente. Se trata de situaciones que, sobre los problemas de salud que en sí misma pueden plantear, favorecen de forma indirecta la aparición de otras muy diversas formas de patología.
A título de ejemplo cabría recordar ente las consecuencias directas de los déficits nutricionales la presencia común en el anciano de anemias megaloblásticas por falta de vitamina B o ácido fólico. Entre las indirectas, el papel que una dieta inadecuada desempeña en la génesis de la enfermedad arterioesclerosa o en el mal control de la hipertensión arterial o la diabetes. En la misma línea conviene recordar que la malnutrición es uno de los marcadores de mortalidad más potentes en los individuos de edad avanzada, y aparece unida a una reducción en la capacidad de defensa del organismo ante agresiones de muy diversos tipos (infecciones, cirugías, riesgo de caídas, etc.)
En un segundo nivel podríamos referirnos al poco caso que se hace en la práctica a la valoración nutricional del anciano. Es cierto que llevar a cabo esta valoración da una manera correcta no siempre es fácil, pero también lo es que resulta absolutamente fundamental que el contesto de la evaluación geriátrica integral. Saber con exactitud qué come un anciano puede resultar muy laborioso y difícil. Lo mismo cabe decir acerca de la determinación precisa de aquellos parámetros antropométricos y biológicos que nos van a ofrecer una información adecuada en este sentido.
Sin embargo cada vez van apareciendo nuevos y más sencillos instrumentos de medición, que pueden ser extraordinariamente útiles para este fin.
Por último como tercera reflexión, las dificultades de diversa índole que entraña el intentar modificar en un sentido positivo los hábitos alimentarios de la población añosa.
Una de ellas es la falta de acuerdos universales, a pesar de los intentos existentes, algunos de los cuales se recogen en las publicaciones citadas más arriba. Sobre cuáles son los requerimientos nutritivos de esta población. Otras vienen condicionadas por factores muy diversos, como pueden ser las características individuales del anciano, la geografía de su hábitat, las costumbres del lugar en que vive. Etc.
En algunos casos, las dificultades aparecen ligadas a aspectos ya mencionados, como los debidos al cambio en la psicología individual del anciano o aquellos derivados de sus condicionantes sociales.
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